El bulo es el “ecobulo”

Usando la cabeza. Understanding Spanish Politics.
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El bulo es el "ecobulo"
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#RTVE indoctrina. El hora punta, con la mayor audiencia posible, insufla a la gente los valores que tienen que admitir. Les dice lo que tienen que pensar. Les hace soñar con sus realidades. Impone la verdad. No se puede pensar de otra manera. “Serías un negacionista”.

Para #RTVE es imperativo profesar la religión ecologista, porque está “científicamente probada”. A base de repetirlo, también en invierno hace calor, y si no llueve es por culpa de los malvados extractores de petróleo.

El último invento de la propaganda religiosa que nos llega por la televisión oficial, sin que nadie pueda opinar en contra, porque ni siquiera le dan audiencia, es el “ecobulo”.

Lo que más se está difundiendo durante esta cumbre es el bulo de que hay que obligación de ser ecologista y de pensar como piensan los ecologistas. Obsérvese que este modo de razonar de #RTVE parte de una premisa mayor tácita: la verdad del ecologista es irrefutable. Literalmente dice RTVE:

“Los expertos insisten: hay verdades irrefutables que no habría que cuestionar”

#RTVE, Telediario Fin de Semana, 9.12.2023, 15 horas.

La existencia de verdades irrefutables es algo propio de las religiones, no de la razón. Se llaman dogmas. La Real Academia Española define los dogmas como

1. m. Proposición tenida por cierta y como principio innegable.
2. m. Conjunto de creencias de carácter indiscutible y obligado para los seguidores de cualquier religión.
3. m. Fundamento o puntos capitales de un sistema, ciencia o doctrina.

Diccionario RAE, voz dogma.

Antes de compartir cualquier información, conviene sentarse y tener en cuenta que ni #RTVE, ni la iglesia anglicana, ni ningún rabino, ni ninguna otra confesión, ya sea científica, cienciológica o camélica, nadie, puede imponernos dogmas. Nadie puede decir a los demás cómo tienen que pensar. Es un derecho fundamental:

1. Se reconocen y protegen los derechos:
a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

Constitución Española, artículo 20.

Llámase así a las noticias falsas sobre ecología propaladas con algún fin. Son mentiras, engaños, embustes, patrañas, habladurías, camelos, infundios, bolas, trolas, cuentos, paparruchas, chismes, rumores y filfas sobre ecología.

El “ecobulo” se constituye así en una forma de imponer el pensamiento único. ¿Cuándo hay “ecobulo”? Cuando te lo dice un ecologista. ¿Cuál? El oficial. El sacerdote de la nueva religión. El ministro de la ciencia gnóstica que sólo ellos conocen.

Cuando se habla de ecobulos necesariamente se habla de imponer un pensamiento único, una fe: la fe ecologista, que todo el mundo –creen sus sacerdotes– tiene que creer. De una religión, la religión ecologista, que tiene dogmas irrefutables que nadie puede cuestionar. De una doctrina: la doctrina eléctrica, que obliga a inmolar dinero en el altar del dios del CO2. De una creencia, que ellos manifiestan ser cierta porque hay unos científicos que este año han pasado más calor, y de unos periodistas –los de #RTVE– que no paran de hablar del calentamiento global. Aunque haga un frío terrible, “este es el año más caliente de la historia de la Humanidad”. Lo dicen sus científicos.

Los mismos científicos que hacen valer axiomas que se revisan cada poco, postulados cambiantes y afirmaciones porque lo dicen ellos, que tienen un doctorado, no como los pastores y los pescadores que les llevan la comida. Estamos ante un evangelio más, sólo que sin milagro alguno.

Para creer en la religión ecologista reclamamos algún milagro. Por ejemplo, que, en vez de cobrar por las emisiones de CO2, que su gran científico sacerdote haga algún signo en el aire y venga la lluvia. Esto ya lo intentaron los Sioux, pero no funcionó. Y ahora que lo intentan los políticos de Tennessee –se ve que es algo contagioso– que hagan el favor de devolver el dinero porque el milagro no ha funcionado. Cuanto más dinero nos sacan para evitar el calentamiento global, más calor hace, sí que por favor que nos devuelvan lo pagado.

Hablando de milagros, resulta que los “ecobulos” tienen verificadores. Como los catalanes. Está de moda. Estos verificadores comprueban si las noticias son falsas. Y estoy seguro de que lo hacen bien. Lo malo son dos cosas: lo hacen con dinero público sin tener en cuenta que hay personas que no están de acuerdo con su idea de que se deba verificar la veracidad de afirmaciones ajenas con cargo a los Presupuestos Generales del Estado. Y lo segundo, que al verificar lo que comprueban es si los hechos son correctos, pero al mismo tiempo imponen como verdad que el ecologismo es dogma de fe, de su fe, con lo que intensifican el desprecio por la opinión de los que nos parece que los ecologistas profesan una verdad religiosa que no tenemos por qué compartir y mucho menos que pagar. Nos negamos a subvencionar y a pagar penitencias a los sacerdotes del ecologismo mediático.

Está muy claro: el gran bulo es el “ecobulo”. Cuando se habla de ecobulo se parte de la base de que hay una verdad ecologista irrefutable. Y tal cosa no es así.

En el Telediario. Los ecologistas te imponen su verdad. Cuando alguien está a favor de los combustibles fósiles, es disgusting, palabra que en inglés no significa de mal gusto, sino asqueroso o repugnante. Ese es el respeto que tienen por los demás los ecologistas, incluso los más poderosos, cuando quieren imponer su religión, pasando por encima de los países productores de petróleo, como si fueran  pecadores sociales.

Como es poco probable que los ecologistas vayan a cambiar, puesto que los que profesan una religión no suelen pasarse a otra fácilmente, déjenlos estar. No discutan mucho con ellos, porque no hay nada que hacer. Pero exíjanles que no les impongan sus verdades: que se las guarden para ellos. Y que, si quieren dinero para sus sacrificios, lo saquen de sus bolsillos para financiar sus iglesias. Pero a usted que le dejen en paz.

Sobre todo, niéguese usted, le sugiero, a que el ecologismo se convierta en la nueva religión oficial. El franquismo era confesionalmente católico. La Constitución garantiza la libertad ideológica, y por tanto garantiza que usted pueda pensar de modo distinto a como piensan los fanáticos del calentamiento global. Usted no tiene por qué dar culto a las placas solares. No tiene por qué demonizar el gasóleo. Y sobre todo, tiene derecho a exigir que la confesión ecologista tenga carácter estatal, porque los poderes públicos están obligados a tener en cuenta a los ecologistas, pero también a los que ellos, desde su religioso desdén, llaman “negacionistas”.

1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley.
2. Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias.
3. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.

Constitución española, artículo 16.

Lo repito: el gran bulo es el ecobulo.

Si quieren alguna fe verdadera, la que le salvará, la que le librará del pecado y de la muerte eterna, lea –es muy sencillo– las lecturas de la Misa de hoy. San Pedro, que hacía milagros, no como los ecologistas, y cumplía antiguas profecías, no como los verificadores, dice sobre el cambio climático:

“… el día del Señor llegará como un ladrón. Entonces los cielos desaparecerán estrepitosamente, los elementos se disolverán abrasados y la tierra con cuantas obras hay en ella quedará al descubierto. Puesto que todas estas cosas van a disolverse de este modo ¡qué santa y piadosa debe ser vuestra conducta, mientras esperáis y apresuráis la llegada del Día de Dios! Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados. Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia. Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables”.

II Pedro, III, 10-14.

Ese es el cambio climático que los cristianos esperamos. Se funda en milagros y profecías. No en cienciología ecologista.

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